Ser o no ser

El abismo ontológico de Hamlet y la angustia del existir

 

Ser o no ser, esa es la cuestión.”

 

Con esta frase, William Shakespeare no solo escribe uno de los monólogos más famosos de la historia del teatro, sino que nos coloca frente a una de las preguntas más profundas que puede hacerse el ser humano. No es simplemente una duda sobre la vida o la muerte: es una interrogación radical sobre la existencia misma. La frase no ha envejecido. Por el contrario, resuena con más fuerza en una época marcada por la ansiedad, la incertidumbre, el desencanto y la búsqueda desesperada de sentido.

 

Hamlet no es simplemente un príncipe danés atrapado en una intriga cortesana. Es el hombre moderno por excelencia, desgarrado entre el pensamiento y la acción, entre el deber y el deseo, entre la verdad y la duda, entre el ser auténtico y la máscara impuesta por el mundo. Cuando pronuncia ese monólogo, no solo contempla el suicidio, sino que se enfrenta a la posibilidad radical de la nada, al vértigo de desaparecer, al silencio que se esconde tras la conciencia.

 

  1. El dilema ontológico: ¿qué significa “ser”?

 

La palabra “ser” en filosofía ha sido, desde Parménides hasta Heidegger, una cuestión fundamental. “El ser es y el no-ser no es”, afirmaba el filósofo griego. Pero Hamlet no está seguro. Para él, el ser no es una certeza sino un problema. Vivir, continuar, persistir… ¿vale la pena? ¿Tiene sentido? En su voz resuena ya no la seguridad metafísica de los antiguos, sino la duda cartesiana, la angustia existencial.

 

Jean-Paul Sartre, desde su mirada existencialista, sostiene que el ser humano está “condenado a ser libre”. Es decir, está arrojado a la existencia sin un sentido predeterminado. La libertad es total, pero también aterradora. Hamlet, al reflexionar sobre el ser, está ejerciendo esa libertad con todo su peso: preguntarse si debe o no debe seguir existiendo.

 

No hay en él una certeza religiosa que lo contenga. Si hay un más allá, dice, es “el país ignoto del que ningún viajero retorna”. La muerte no le ofrece consuelo, sino una inquietud aún mayor. No teme solo al morir, sino a lo que pueda venir después. De allí que su angustia no sea únicamente existencial, sino también metafísica.

  1. La conciencia como maldición

 

La segunda parte del monólogo es incluso más desgarradora. Hamlet dice:

 

La conciencia hace de todos nosotros unos cobardes.”

 

Aquí, Shakespeare anticipa la crítica que Nietzsche haría siglos después a la razón y a la moral. Pensar demasiado paraliza. Ser consciente del dolor, del absurdo, de la injusticia, del sinsentido… transforma al sujeto en un prisionero de su propio pensamiento.

 

Albert Camus lo entendería así: el verdadero dilema filosófico es si la vida merece ser vivida. En El mito de Sísifo, Camus afirma que el suicidio es la única cuestión filosófica seria. Si la vida no tiene sentido, ¿por qué continuar? Hamlet, como Sísifo, se enfrenta a ese absurdo, pero a diferencia del héroe griego del castigo eterno, no encuentra respuesta, ni rebeldía, ni resignación. Solo encuentra la inercia de la duda.

 

III. La acción sofocada por el pensamiento

 

Ser o no ser” es también un grito de impotencia. Hamlet no actúa. Reflexiona, analiza, sospecha, imagina. Pero no mata a su tío, no se rebela, no escapa. En este sentido, representa al hombre moderno atrapado en la parálisis del análisis, como advertía Kierkegaard.

 

Kierkegaard, el padre del existencialismo cristiano, veía en Hamlet el paradigma del individuo desgarrado por la infinitud de las posibilidades. Cuando no se elige, se cae en la desesperación. Elegir implica renunciar. Pero Hamlet no puede renunciar. Por eso sufre. No elige vivir ni morir. Está suspendido en un limbo filosófico. Es un mártir de la conciencia.

 

  1. La muerte: ¿salida o abismo?

 

La gran preocupación de Hamlet es la muerte como territorio incierto. ¿Será la paz? ¿O será peor que la vida misma? ¿Nos aguarda el infierno? ¿O simplemente la nada?

 

Esta duda es profunda porque revela la condición trágica del hombre moderno. Ya no tenemos el consuelo automático de la religión, ni tampoco el sentido colectivo de la antigüedad clásica. Lo que queda es el individuo solo frente a su destino.

Martin Heidegger desarrolló esta idea en Ser y tiempo: el ser humano es un ser-para-la-muerte. La muerte no es un acontecimiento futuro, sino una presencia constante que estructura toda nuestra existencia. Saber que moriremos nos obliga a preguntarnos cómo vivir. Pero Hamlet no lo sabe. Está suspendido. Su conciencia lo ilumina, pero también lo condena.

 

  1. Ser: ¿afirmación o carga?

 

A lo largo del monólogo, la vida aparece como una carga más que como una bendición. Hamlet describe el vivir como una sucesión de golpes, injurias, desprecios, humillaciones, injusticias. La vida, tal como él la vive, no es deseable. Pero lo único que impide que se quite la vida es el miedo a lo que vendrá después. No hay esperanza en su voz, solo duda.

 

Aquí se entrecruza el pensamiento de Schopenhauer, para quien la vida es, esencialmente, sufrimiento. Si seguimos viviendo es por voluntad ciega, por un impulso irracional que nos empuja hacia adelante. Para Hamlet, ese impulso está quebrado. Solo la duda sobre la muerte lo mantiene con vida.

 

  1. ¿Es la pregunta aún válida?

 

Sí. La pregunta “¿ser o no ser?” es más actual que nunca. En una era de crisis climática, guerras, desigualdad, soledad digital y pérdida de sentido, millones de personas se sienten como Hamlet: vivas, pero sin saber por qué. La salud mental es una preocupación global. La pregunta ontológica de Hamlet se ha convertido en una preocupación cotidiana para muchas personas que no saben si continuar luchando o dejarse vencer.

 

Pero quizás la respuesta no esté en encontrar un sentido cósmico, sino en crear uno personal, como propone Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido. Tal vez vivir no sea un imperativo metafísico, sino una elección ética y estética. Ser no porque el universo lo exija, sino porque uno decide afirmarse en el ser, pese al dolor, pese a la duda, pese a la muerte.

 

El coraje de ser

 

Ser o no ser” no es una pregunta para filósofos abstractos ni para personajes de tragedias. Es una pregunta que todos enfrentamos, tarde o temprano. Es la pregunta que surge en el insomnio, en la tristeza, en el fracaso, en el amor perdido, en la injusticia sufrida, en el miedo a la muerte.

 

Pero también es una invitación. A elegir vivir. A elegir ser, a pesar de todo. Como diría Paul Tillich, filósofo y teólogo: el coraje de ser consiste en afirmarse en medio del absurdo, en resistir el impulso del no-ser y construir sentido allí donde parece no haberlo.

 

Hamlet no encontró la respuesta. Tal vez nosotros tampoco. Pero al menos nos dejó la pregunta. Y en ella, la posibilidad —incierta, hermosa, trágica— de ser.