“¿Quién controla el mundo? Dinero, poder e ilusión: entre la codicia humana y la búsqueda de la verdad”
Una mirada sobre las fuerzas visibles e invisibles que moldean nuestro destino.
Introducción
A lo largo de la historia, la humanidad ha buscado comprender las fuerzas que la rigen. Desde los antiguos imperios hasta las modernas corporaciones transnacionales, siempre ha habido una élite —a veces visible, otras veces envuelta en misterio— que parece dirigir el curso de la civilización. En el imaginario popular, estos controladores adoptan diversos nombres: los Iluminati, la masonería, el Priorato de Sion, los Rothschild, los Bilderberg, o simplemente “los dueños del dinero”. En este contexto surgen las teorías de la conspiración como intentos, a menudo ingenuos o manipulados, de explicar lo inexplicable. Pero ¿quién realmente controla el mundo?
Desde la visión masónica —construida sobre la búsqueda de la verdad, la razón, la libertad de pensamiento y el perfeccionamiento moral del ser humano— nos enfrentamos a esta pregunta con escepticismo, pero también con profundidad filosófica. No basta con buscar culpables; es necesario analizar las estructuras, los principios, las ideologías y, sobre todo, los intereses económicos que moldean nuestra realidad global.
El poder detrás del trono: ¿Gobiernos o mercados?
El politólogo estadounidense Noam Chomsky ha afirmado que “los mercados no son instituciones neutrales; están diseñados para concentrar el poder en manos de una minoría privilegiada”. Esta idea también la comparte el economista francés Thomas Piketty, quien en El capital en el siglo XXI mostró cómo el crecimiento desmedido del capital privado genera desigualdades que amenazan la estabilidad social y democrática.
Los gobiernos, supuestamente representantes de los pueblos, muchas veces actúan más como gestores de intereses económicos que como protectores del bien común. La noción de soberanía estatal se diluye ante la presión de los fondos de inversión, las agencias calificadoras, las tecnocracias globales y las megacorporaciones. Según el filósofo italiano Giorgio Agamben, el Estado moderno ha mutado hacia una forma de “estado de excepción permanente”, gobernado más por los intereses financieros que por la voluntad popular.
¿Quién manda, entonces? ¿El presidente electo por millones de ciudadanos o el CEO de una multinacional que gestiona activos equivalentes al PIB de un país entero?
Los dueños del dinero: familias, bancos, corporaciones
No es conspiración afirmar que existen familias e instituciones con un poder financiero superior al de muchos Estados. Hablamos de dinastías como los Rothschild, los Rockefeller, o nuevas formas de oligarquía como BlackRock, Vanguard o State Street, fondos que controlan amplias participaciones en industrias clave: energía, medios de comunicación, salud, tecnología, armamento y alimentos.
Estas entidades poseen una capacidad de influencia que rebasa lo visible. Determinan políticas ambientales, agendas económicas, estrategias de guerra o paz, y hasta los algoritmos que consumimos cada día en nuestras redes sociales.
Pero aquí es necesario hacer una distinción filosófica: el poder económico no equivale al control total. El poder absoluto es una ilusión. Las fuerzas sociales, la voluntad colectiva, los movimientos ciudadanos, la conciencia crítica, también son realidades que equilibran —o pueden equilibrar— la balanza.
Masonería, Iluminismo y el mito del control
La masonería, frecuentemente malinterpretada o caricaturizada, no es una organización de poder, sino un espacio iniciático de reflexión, fraternidad y formación espiritual. Lejos de buscar el dominio del mundo, el ideal masónico propone el “dominio de uno mismo”. El masón auténtico no impone, sino que ilumina; no manipula, sino que construye.
Históricamente, los masones han estado vinculados a la defensa de los derechos humanos, la educación, la separación entre Iglesia y Estado y la promoción del pensamiento libre. En contraste, los llamados “Iluminati” —basados en una sociedad bávara del siglo XVIII— han sido inflados por la ficción moderna, confundidos con una élite sombría que conspira desde las sombras. Tal visión es, en gran medida, producto de prejuicios, ignorancia y un temor ancestral a lo desconocido.
¿Quién, entonces, es el enemigo de la paz?
El verdadero enemigo de la paz no es una familia específica, ni una logia, ni un fondo de inversión en sí mismo. El enemigo de la paz es la codicia desenfrenada, la ausencia de ética en la economía, el cinismo político y la indiferencia de las mayorías ante su propia esclavitud silenciosa.
Lo advirtió el filósofo Immanuel Kant:
“La paz no es el estado natural del hombre, sino una construcción racional y ética que exige leyes y voluntad moral”.
Y ese es quizás el mayor desafío de nuestro tiempo: construir un mundo en el que el dinero esté al servicio de la dignidad humana, no al revés.
Conclusión: el Gran Arquitecto y la responsabilidad compartida
Desde la visión masónica, el mundo no está controlado por unos pocos, sino por la suma de nuestras acciones individuales y colectivas. El “Gran Arquitecto del Universo” no es una divinidad dictatorial, sino un símbolo de orden, equilibrio y propósito.
Es más fácil creer en una conspiración que asumir la responsabilidad de cambiar el mundo. Pero como diría el masón Albert Pike.
“Ningún hombre puede considerarse libre mientras ignore las cadenas que él mismo ha ayudado a forjar”
Controlar el mundo es una ilusión peligrosa. Lo que sí es posible —y urgente— es gobernarnos a nosotros mismos, con sabiduría, virtud y conciencia. “Ordo ab Chao” — Orden desde el Caos. La gran obra no es dominar el mundo, sino edificar un mundo más justo desde la piedra bruta que todos llevamos dentro. Ese es el verdadero poder. El resto… es humo.







