“Lilith, la Primera Mujer: La oscura luz de lo femenino prohibido”
“Lilith, Nigredo del alma caída, sefirá oculta, corona invertida;
en ti arde el fuego que no es del día,
madre del crisol y de la simiente prohibida
No naciste de Adán, sino del Verbo oculto,
del Tzimtzum que gime en la sombra divina;
eres el azufre que tienta al justo,
la sal que despierta la piedra dormida.
Guardiana del umbral entre mundos velados,
tu aliento disuelve la forma impuesta;
alquimia sagrada en vasos quebrados,
vasija de estrella… y de protesta.”
En la vastedad de los mitos que han modelado la conciencia humana, pocos son tan reveladores —y tan tergiversados— como el de Lilith. Su figura, que irrumpe desde los abismos mesopotámicos hasta las orillas del pensamiento cabalístico y feminista contemporáneo, encarna mucho más que una fábula oscura: representa una confrontación arquetípica con el poder, la libertad y el miedo ancestral al principio femenino. Y desde una lectura simbólica y masónica, la historia de Lilith es también un espejo para nuestras propias cadenas.
Lilith no es una simple invención folclórica. No es solo la “madre de los demonios” o la bruja arquetípica de los cuentos con moraleja patriarcal. Es, en verdad, una pieza olvidada del tablero simbólico universal. Su exclusión del canon bíblico —reemplazada por Eva— no solo responde a un orden teológico: responde al sistema de domesticación del alma femenina. En tanto que Eva nace del hombre y para el hombre, Lilith es creada de la misma tierra que Adán: igual, autónoma, libre. Y al reclamar esa igualdad, al negarse a yacer debajo, se convierte en monstruo.
¿Qué otra respuesta podría esperarse del orden que teme a la paridad?
Desde una visión simbólica tradicional, la mujer ha sido vista como mediadora del misterio, como canal del inconsciente, como guardiana de la noche. En el lenguaje hermético, esto representa la fase nigredo: la oscuridad previa a la iluminación, el caos previo a la transmutación. Pero esa oscuridad, mal comprendida, fue convertida en mal. Lilith, que representa esta noche alquímica del alma, fue transformada en una amenaza, cuando quizás era simplemente una iniciadora.
Las culturas antiguas lo sabían. En Sumeria, las lilitu eran espíritus del viento y la noche, no necesariamente malignos. Pero con el tiempo, ese arquetipo fue trastocado: lo femenino salvaje dejó de ser fuerza natural y se convirtió en elemento subversivo. Así lo demuestra su transformación en los textos rabínicos medievales, donde Lilith se convierte en asesina de niños, en seductora peligrosa, en madre de demonios. Lo mismo que el logos masculino no logra poseer, busca destruir.
¿Y acaso no es ese el guión que se repite en la historia?
Desde las brujas medievales hasta las mujeres independientes perseguidas por los tribunales de la Inquisición, desde la represión del conocimiento herbal femenino hasta la patologización moderna de lo emocional, lo intuitivo, lo sensible. Todo lo que escapa a la razón patriarcal, es etiquetado como superstición, desviación o herejía. Como decía el Malleus Maleficarum:
“Toda brujería proviene de la lujuria carnal, que en las mujeres es insaciable”
El cristianismo, en su configuración más institucionalizada, asoció el pecado original con la mujer, y la mujer con el peligro. Eva desobedece; Lilith se rebela. Ambas marcan un umbral: no el de la caída, sino el del despertar. Pero solo una fue “redimida”. La otra quedó relegada a las sombras, precisamente por no arrepentirse. Y esa es la clave simbólica que debemos considerar. En la tradición masónica, quien desciende a las profundidades y vuelve con conocimiento, es iniciado. Lilith desciende, pero no regresa para servir al templo de los hombres: se convierte en su reflejo distorsionado. Porque no hubo hermandad, ni reconocimiento, ni equilibrio.
Desde una mirada filosófica y esotérica, Lilith es el arquetipo de la mujer total: no madre idealizada, no doncella sometida, sino totalidad libre, autónoma, sexual, sabia, transgresora. Su demonización es la evidencia del terror que el orden vertical siente ante lo horizontal, lo igual, lo indomable. En términos masónicos: es el símbolo de lo que ha sido excluido del Gran Taller por temor a su potencia transmutadora.
Pero lo más perturbador no es que Lilith haya sido convertida en demonio, sino que aún hoy lo femenino siga siendo asociado a la desviación, a lo peligroso, a lo mágico oscuro. La medicina desestima la intuición. La política teme la ternura. La espiritualidad organizada recela de la mística femenina. Se persigue lo mismo que se necesita. Se castiga aquello que podría curar.
Hoy, sin embargo, estamos viviendo un renacimiento de Lilith. Desde la teología feminista hasta las nuevas corrientes herméticas, Lilith resurge como símbolo de resistencia, de verdad interior, de la “otra mitad” del alma colectiva. No como ídolo, sino como signo. No como mito cerrado, sino como arquetipo abierto. Una figura que nos invita, como masones de la conciencia, a mirar más allá de la versión oficial, a desenterrar la Sabiduría Oculta que yace bajo siglos de condena.
La iniciación verdadera no puede estar completa sin integrar lo femenino profundo. Y ese femenino profundo no es complaciente ni decorativo. Es Lilith. Es la que no se arrodilla. La que exige nombre propio. La que se convierte en sombra cuando no se la reconoce como igual. El verdadero trabajo del buscador de la luz no es vencer la oscuridad, sino comprenderla.
Por eso, desde esta tribuna que valora el símbolo, el conocimiento y la libertad, proponemos revalorar la figura de Lilith no como madre de demonios, sino como la primera Iniciada. La que eligió el exilio antes que la sumisión. La que eligió la sabiduría antes que la obediencia. Porque sin ella, ninguna libertad es completa.
Que cada lector vea en Lilith su propio espejo: ¿cuánto de lo que has llamado demonio era, en verdad, libertad no reconocida?
Lux in Tenebris Lucet.






