la muerte según Platón y el viaje eterno de la energía
“El alma, al liberarse del cuerpo, se eleva a la región de las ideas, al mundo de lo eterno, donde ya no hay sombra ni engaño.”
Platón, Fedón
En la tradición filosófica occidental, la muerte no siempre fue concebida como un final, sino más bien como una liberación, un retorno, una transmutación de lo denso a lo sutil. Esta concepción encuentra su más clara expresión en el pensamiento de Platón, y especialmente en sus diálogos Fedón y La República, donde la muerte es la emancipación del alma del encierro corporal. Un enfoque profundamente espiritual, que vibra en armonía con las enseñanzas esotéricas y los principios iniciáticos de la Masonería.
Porque en la visión masónica, como en la pitagórica y platónica, el ser humano es dual: materia y espíritu, cuerpo y alma, lo temporal y lo eterno. El cuerpo es solo un instrumento, un templo efímero donde habita una chispa inmortal. Por eso, el símbolo del cráneo no es un gesto macabro: es recordatorio y promesa. Memento mori, pero también memento vivere.
Platón, Pitágoras y la ascensión del alma
Para Platón, el alma es preexistente e inmortal. Antes de encarnar, habitó el mundo de las ideas, donde contempló la verdad en su forma pura. Pero al unirse al cuerpo —con sus deseos, pasiones, necesidades e ilusiones— el alma cae en el olvido, en la oscuridad de la caverna que Platón describe magistralmente: una existencia donde solo vemos sombras, no la luz real.
Esta idea, tomada de su maestro Pitágoras, se conecta con la doctrina del metempsicosis (trasmigración de las almas). Morir, entonces, no es desaparecer: es despertar, es salir del engaño de los sentidos, es abandonar la cárcel de la carne. Es retornar a la verdad que habita más allá del velo.
En palabras de Platón:
“El cuerpo nos distrae con necesidades, dolores, placeres, enfermedades. Sólo la muerte nos libera para contemplar lo eterno sin interrupciones.”
Una visión más allá del dualismo
Ahora bien, si avanzamos desde la filosofía clásica hacia interpretaciones modernas e incluso científicas, podemos traducir el alma como una forma de energía. No es materia, pero sí movimiento, impulso, vibración. El alma sería entonces la energía vital que anima la forma, y que, al cesar la vida física, no desaparece sino que se transforma.
El físico Erwin Schrödinger —sí, el del famoso gato— decía:
“La conciencia es singular, y la conciencia que hay en mí es la misma que hay en ti. En última instancia, todos los seres son uno solo”
Desde una perspectiva hermética y masónica, esta conciencia-energía es el principio unitario que recorre el universo, manifestado en cada ser pero sin pertenecerle exclusivamente. El alma, como chispa de la Gran Luz, retorna a su fuente cuando el cuerpo cae.
Aquí la segunda ley de la termodinámica y los postulados metafísicos se dan la mano: nada se pierde, todo se transforma. El alma no “muere”; muta. Viaja. Aprende. Asciende. O, en términos más simbólicos: la piedra bruta, al desprenderse del andamiaje material, se convierte en piedra pulida del templo eterno.
Muerte, símbolo iniciático
En la Masonería, la muerte no se oculta: se trabaja. No como un evento macabro, sino como una etapa necesaria de transformación. El profano que cruza la puerta del Templo no se inicia hasta no haber atravesado simbólicamente su propia muerte. En la Cámara de Reflexión, encerrado en la oscuridad, en silencio, con solo un cráneo, sal, azufre y pan negro como compañía, el aspirante muere al mundo profano para renacer a la luz del conocimiento.
Este momento, que muchos viven con desconcierto, no es un simple ritual. Es una representación de lo que Platón enseñaba: que la verdadera sabiduría se alcanza cuando se trascienden los sentidos, las pasiones y las apariencias.
Morir simbólicamente es el primer paso hacia la libertad real del alma. Y eso nos recuerda que el verdadero masón trabaja en vida como quien se prepara para la eternidad.
Alma, energía y conciencia
Filósofos modernos como Ken Wilber han intentado integrar la visión espiritual con la científica:
“La conciencia no es un producto del cerebro, sino un campo en el cual el cerebro opera.”
Y desde la neurociencia, aunque muchos sostienen posturas reduccionistas, otros como David Chalmers reconocen el “problema duro de la conciencia”:
“No podemos explicar con leyes físicas por qué hay experiencia subjetiva. Algo escapa al materialismo.”
Lo que Platón intuía en su tiempo —y la Masonería simboliza desde hace siglos— sigue vivo: hay algo en nosotros que no es reducible a lo físico, y que no termina con la muerte. Esa energía, esa chispa, ese soplo… es el alma.
La muerte como liberación, el alma como camino
Para el masón, como para Platón, la muerte no es un final, sino una puerta. El alma, esa vibración sagrada que circula y se transmuta, no muere con el cuerpo, sino que se libera de su prisión. Es el regreso al Uno, al Gran Arquitecto del Universo, al principio inmutable del cual provenimos y hacia el cual retornamos.
La muerte es un símbolo, un tránsito, un pasaje.
Y como dice el viejo axioma hermético:
“Lo que está abajo es como lo que está arriba.”
La logia lo sabe, el filósofo lo intuye, el iniciado lo vive: no somos materia que siente, sino alma que habita. Y al morir, la piedra se libera del muro, y vuela hacia el Templo eterno.
“Morir es volver al hogar del alma, de donde nunca debió haber salido”
Máxima iniciática del Templo Interior







