“Hay un velo que cubre los ojos del hombre. Es el mismo que le impide ver que duerme despierto. Es el velo del Samsara, es el código de la Matrix. Y solo el iniciado, el buscador de la Verdad, se atreve a rasgarlo.”
Vivimos inmersos en una estructura que moldea nuestra percepción, nuestra voluntad y nuestras pasiones. Le decimos mundo, realidad, sociedad. Pero la Tradición, la Filosofía, el Misticismo y la Masonería tienen otro nombre para ella: ilusión. Desde los Vedas hasta Platón, desde el Buda hasta los modernos Wachowski, todo gran pensamiento ha señalado que lo que vemos, creemos y vivimos no es más que un reflejo, una sombra, una simulación.
¿Vivimos en una Matrix? ¿Giramos dentro del Samsara? La pregunta, lejos de ser retórica o cinematográfica, es profundamente iniciática. Y como masones, nos obliga a reflexionar.
Un símbolo moderno de la ignorancia organizada
La película The Matrix es mucho más que ciencia ficción. Es, como bien han señalado filósofos como Slavoj Žižek y Baudrillard, una alegoría del mundo moderno: vivimos conectados a sistemas de creencias prefabricadas, a instituciones que modelan nuestra conciencia, a narrativas que nos dicen qué es real, qué debemos desear, temer o comprar. La Matrix es la sociedad del espectáculo, el algoritmo, el dogma disfrazado de libertad.
“La Matrix está en todas partes. Está en el aire que respiras, en el televisor, en el trabajo, en la escuela”
El iniciado, en este escenario, es Neo: el que intuye que algo no cierra, que algo no es verdad. Pero como en todo rito iniciático, para despertar debe morir simbólicamente, abandonar su viejo yo, transitar la oscuridad y sufrir. Solo entonces ve la Verdad.
El ciclo eterno del deseo y el sufrimiento
Por otro lado, la cosmovisión oriental —especialmente el budismo— llama Samsara al ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento, perpetuado por el karma, el deseo, la ignorancia y el ego. No es un lugar físico, sino un estado de conciencia: una repetición de los mismos errores, una rueda que gira sin cesar mientras el alma duerme.
El maya, la ilusión que envuelve al mundo, nos hace creer que somos el cuerpo, que el yo es real, que la felicidad se encuentra en lo externo. El Samsara es el mercado del deseo, donde todo es transitorio y por eso todo duele.
Para salir del Samsara, el hombre debe despertar (bodhi), cortar con el ciclo, trascender el ego, vaciarse de sí mismo. Como diría el Buda:
“Así como una vela no brilla sin fuego, el hombre no puede vivir sin un despertar interior”
El velo de la ilusión y el sendero del iniciado
Tanto la Matrix como el Samsara representan prisiones mentales y espirituales. Son símbolos de la ignorancia existencial que la Masonería combate con sus herramientas simbólicas: el compás, la escuadra, la palabra, la piedra bruta. El masón es aquel que golpea la puerta del Templo porque intuye que está dormido, y desea despertar.
El viaje del aprendiz es exactamente eso: un paso en la oscuridad, en medio del ruido del mundo, buscando la luz. Es el equivalente de la pastilla roja de Neo, o del primer “giro de la rueda del Dharma” para el discípulo del Buda.
Y como todo despertar, duele. Duele abandonar las certezas, los viejos apegos, la comodidad del sistema. Duele descubrir que uno era esclavo. Pero no hay otro camino. Como nos enseñara Hermes Trismegisto:
“Lo que está abajo es como lo que está arriba”,
y por eso el verdadero Templo debe construirse primero dentro.
El Gran Arquitecto y la Verdad como Liberación
Desde el enfoque teológico masónico, el Gran Arquitecto del Universo no es un dios con rostro, sino la inteligencia ordenadora, la fuente de toda Luz, la Verdad última más allá de los velos. En el mundo de la Matrix o del Samsara, esa Verdad ha sido ocultada por el ego, el consumo, el dogma o el miedo.
Pero el masón sabe que solo trabajando su piedra bruta, enfrentando sus pasiones, perfeccionando su razón y escuchando el Silencio, puede acercarse a la gnosis: el conocimiento que libera.
Así como el Buda alcanza el Nirvana, así como Neo trasciende la Matrix, así el masón alcanza el lugar donde la Verdad no se dice, sino que se vive.
Despertar es una obligación iniciática
La Matrix y el Samsara no son mitos ajenos. Son símbolos vivos. Están en la forma en que aceptamos sin pensar, en que obedecemos sin cuestionar, en que compramos sin necesitar, en que sufrimos sin comprender.
La iniciación, en este contexto, no es un rito vacío. Es una rebelión silenciosa. Un acto de profunda dignidad espiritual. Es elegir mirar lo que nadie quiere ver. Es trabajar sobre sí mismo, día a día, en silencio, sabiendo que el enemigo más fuerte es la ilusión del ego.
Y como diría Morfeo al iniciado:
“No puedo decirte qué es la Matrix. Tenés que verla con tus propios ojos”
En eso consiste el Arte Real. En construir una vida donde la Verdad no sea un símbolo lejano, sino la base misma de la existencia.
Donde la Luz no venga de afuera, sino de adentro. Y donde la libertad no sea una palabra, sino una conquista.
¡Despertad, oh durmientes! ¡Que el Gran Arquitecto os conceda la fuerza, el coraje y la sabiduría para romper el ciclo, salir de la caverna, y vivir como hombres verdaderamente libres!







