El marketing del mito

De San Nicolás a la creación del Papá Noel global

  1. El misterio del nacimiento

Cada diciembre, las luces invaden las ciudades, los comercios se pintan de rojo y blanco, y una figura bonachona de barba nívea se convierte en el símbolo universal de la Navidad. En los shoppings, en las publicidades, en los parques temáticos y hasta en las redes sociales, Papá Noel reina con sonrisa amable y gorro pomposo. Pero, paradójicamente, el protagonista de la Navidad —Jesús de Nazaret— se ha vuelto casi un invitado secundario en su propia celebración.

 

La historia de cómo un obispo del siglo IV terminó convertido en el ícono comercial más poderoso de la modernidad es también la historia de cómo el marketing logró transformar un mito en tradición, una devoción en espectáculo, y un misterio teológico en producto. La Navidad, que nació como una conmemoración del amor encarnado, terminó siendo una temporada de ventas.

 

Y sin embargo, este proceso no es lineal ni banal. Es, en el fondo, una parábola sobre la tensión entre el símbolo y el mercado, entre la fe y la publicidad, entre lo espiritual y lo material. Comprender cómo San Nicolás de Myra se convirtió en Papá Noel es entender cómo la cultura occidental resignificó sus propios mitos hasta hacerlos rentables.

 

  1. El obispo de Myra: el santo de los regalos

 

San Nicolás nació en el siglo III en Patara, una ciudad de la actual Turquía, y fue obispo de Myra (hoy Demre). Las crónicas antiguas lo describen como un hombre de profunda piedad, dedicado a los pobres y los niños. Una de las leyendas más conocidas cuenta que ayudó secretamente a un padre empobrecido, lanzando bolsas de oro por la chimenea de su casa para que sus hijas pudieran tener una dote y evitar la prostitución.

 

Ese gesto —de amor anónimo, silencioso, caritativo— se convertiría siglos después en el corazón simbólico de la figura de Papá Noel. Nicolás representaba el espíritu cristiano del dar sin esperar nada a cambio, de la generosidad como manifestación de la fe. En los primeros siglos del cristianismo, su figura se expandió por Europa oriental y luego occidental, siendo venerado en Grecia, Rusia, Italia y más tarde en los países nórdicos.

 

En el siglo XI, sus reliquias fueron trasladadas a Bari (Italia), convirtiéndose en centro de peregrinación. La devoción popular a San Nicolás se asoció con milagros, protección de los marineros, defensa de los niños y ayuda a los desamparados. Era el santo de la bondad y la cercanía, una figura de ternura que encarnaba la caridad evangélica.

 

Pero con el paso del tiempo, ese obispo oriental comenzó a ser reinterpretado según las culturas locales: en Holanda se transformó en Sinterklaas, un anciano que llegaba en barco desde España para traer regalos; en Alemania y los países escandinavos adoptó rasgos de los espíritus invernales paganos; y en Inglaterra, Father Christmas se mezcló con tradiciones folklóricas precristianas.

 

El mito comenzó a mutar: del santo a la fábula, del obispo a la figura mágica. Y en esa mutación, la semilla de lo comercial empezó a germinar.

 

III. La secularización del milagro

 

Cuando los colonos holandeses llegaron a América en el siglo XVII, llevaron consigo la figura de Sinterklaas. En la Nueva Ámsterdam —hoy Nueva York— ese nombre se anglicanizó: Santa Claus. A partir del siglo XIX, los escritores, ilustradores y publicistas estadounidenses moldearon su imagen moderna.

 

En 1823, el poema “A Visit from St. Nicholas(más conocido como The Night Before Christmas) describió por primera vez a un Santa Claus risueño, que viajaba en trineo tirado por renos y bajaba por las chimeneas para dejar regalos. Fue una transformación radical: el santo había dejado de ser una figura religiosa para convertirse en un personaje mítico universal.

 

El proceso coincidió con la expansión de la sociedad de consumo industrial. El siglo XIX, con su auge comercial, necesitaba un mito amable que uniera infancia, familia y consumo. Santa Claus fue el vehículo perfecto: un símbolo aparentemente inocente que vinculaba el acto de regalar con la alegría, pero que en el fondo legitimaba una economía basada en el deseo.

 

Hacia 1863, el caricaturista Thomas Nast le dio su forma definitiva: un anciano gordito, vestido de rojo y con barba blanca, en ilustraciones para Harper’s Weekly. Ya no era el obispo con mitra y báculo, sino un personaje laico, simpático, portador de felicidad.

 

El milagro se secularizó: lo sagrado se disfrazó de ternura, y la fe se volvió un ritual de consumo.

 

  1. La invención del ícono global

 

El siglo XX consolidó lo que el XIX había diseñado. En 1931, la empresa Coca-Cola encargó al ilustrador Haddon Sundblom una serie de publicidades navideñas. El resultado fue un Papá Noel de mejillas rosadas, vestido de rojo Coca-Cola, que bebía gaseosa junto al árbol y sonreía con una calidez irresistible.

 

Aunque la marca no inventó a Santa Claus, lo estandarizó. Lo convirtió en un logo viviente, un signo visual global. La imagen se difundió en revistas, carteles y televisores de todo el mundo, vinculando emocionalmente el espíritu navideño con el consumo masivo.

 

A partir de allí, Papá Noel dejó de ser un personaje local para transformarse en una marca planetaria, propiedad simbólica del capitalismo moderno. Coca-Cola logró lo que ninguna religión había conseguido: crear un rito universal sin teología, sin dogma y sin fronteras.

 

El marketing del mito funcionó como un evangelio publicitario. Las empresas encontraron en la figura del anciano bonachón un instrumento perfecto para vender felicidad empaquetada. La Navidad se volvió temporada alta de consumo, y el mensaje original —la humildad de un niño nacido en un pesebre— quedó eclipsado por las luces del shopping.

 

El cristianismo, en su dimensión simbólica, había dado paso a una nueva religión: la del mercado.

 

  1. El desplazamiento del centro

 

El cambio no fue solo visual o comercial, sino espiritual. El pesebre —símbolo del misterio de la encarnación, de la esperanza en medio de la pobreza— fue desplazado por el árbol adornado y los regalos envueltos. La liturgia del consumo reemplazó a la liturgia de la fe.

 

Sin embargo, no se trata de oponer lo sagrado y lo profano como polos irreconciliables. La cultura humana siempre mezcla sus símbolos. Lo que resulta problemático es el olvido del origen, la pérdida de sentido. La Navidad ya no narra una historia de redención, sino una de deseos satisfechos a través de la compra.

 

El niño Jesús, vulnerable y desnudo en un pesebre, representa la gratuidad absoluta; Papá Noel, en cambio, simboliza la recompensa por el buen comportamiento. Uno ofrece amor incondicional, el otro ofrece mérito. Uno encarna la esperanza de lo divino que se hace humano; el otro, la magia de lo humano que finge ser divino para mantener viva la ilusión.

 

En términos teológicos, el paso de Jesús a Santa Claus representa la sustitución del Logos por el logos comercial: la Palabra se transforma en eslogan.

 

  1. El mito y la mercancía

 

El filósofo francés Roland Barthes, en su célebre Mitologías, explicaba que los mitos modernos no son cuentos antiguos, sino construcciones culturales que naturalizan ideas sociales. El mito de Papá Noel cumple esa función: nos hace creer que consumir es amar, que dar regalos es sinónimo de fraternidad, y que la felicidad se mide en cantidad de paquetes bajo el árbol.

 

El mercado, con su lenguaje seductor, transformó un símbolo religioso en un dispositivo de deseo. Cada spot publicitario navideño repite el mismo mensaje: la felicidad está en lo que comprás, no en lo que compartís. El mito se volvió mercancía, y la mercancía, mito.

 

Sin embargo, el éxito de Papá Noel no puede explicarse solo por manipulación publicitaria. El personaje encarna necesidades psicológicas y espirituales profundas: la ternura, la infancia eterna, el deseo de creer en algo mágico. En un mundo desencantado, Santa Claus ofrece un refugio emocional, una nostalgia del milagro.

 

Por eso, aunque muchos adultos ya no crean en él, siguen celebrando su ritual. Porque, en el fondo, Papá Noel representa el anhelo de una humanidad que quiere seguir creyendo, aunque sea en una ilusión comercial.

 

VII. La globalización del símbolo

 

En las últimas décadas, Papá Noel se ha vuelto omnipresente. Desde Tokio hasta Buenos Aires, desde Moscú hasta Nairobi, su imagen recorre el planeta como un estandarte del capitalismo global. Las grandes marcas lo adoptan como vocero universal de la alegría, las películas lo reproducen cada año, y los algoritmos de las redes sociales lo convierten en tendencia.

 

La globalización hizo de Santa Claus un signo transcultural, desprovisto de teología pero cargado de emoción. Su éxito radica en que no pertenece a ninguna religión concreta, aunque se asocie superficialmente al cristianismo. Es un mito secularizado que puede ser aceptado por creyentes y no creyentes por igual.

 

Pero ese mismo carácter universal tiene un costo: la homogeneización simbólica. Las culturas locales —como los Reyes Magos en España o el Niño Dios en América Latina— van cediendo ante la avalancha de la estética comercial norteamericana. El lenguaje del marketing, más poderoso que cualquier predicación, redefine el calendario espiritual del mundo.

 

La Navidad ya no es una celebración del misterio de la encarnación, sino del poder del consumo como ritual identitario global.

 

VIII. La nostalgia del sentido

 

Aun así, cada año, millones de personas siguen buscando algo más en medio de las luces y los jingles. La pregunta persiste: ¿qué celebramos realmente en Navidad?

 

El mito de Papá Noel nos habla de una carencia. En su sonrisa amable se esconde la nostalgia de lo sagrado, el deseo de un mundo donde la bondad sea posible. El problema no es que exista Papá Noel, sino que su figura haya ocupado el lugar del misterio. El problema no es la ilusión, sino el olvido.

 

El teólogo Paul Tillich decía que la religión auténtica no se mide por los ritos externos, sino por la “preocupación última” del ser humano: aquello que da sentido a su existencia. Cuando la Navidad se convierte solo en consumo, se pierde esa profundidad existencial. Pero cuando el mito se resignifica como símbolo de generosidad, puede recuperar su poder espiritual.

 

El desafío no es abolir a Papá Noel, sino redimirlo. Devolverle al mito su dimensión simbólica, su capacidad de recordarnos el valor del dar.

 

  1. El marketing del mito

 

Desde el punto de vista del marketing, la historia de Papá Noel es un caso de estudio magistral. Reúne todos los elementos de una marca exitosa: simplicidad visual, coherencia narrativa, asociación emocional positiva y capacidad de adaptación cultural.

 

Su color rojo, su forma redondeada, su risa contagiosa, su conexión con la infancia: todo está diseñado para generar empatía inmediata. La industria lo transformó en un arquetipo del bienestar y la abundancia. Es el héroe del consumo feliz.

 

El filósofo Jean Baudrillard sostenía que vivimos en una era de simulacros: donde los signos ya no representan realidades, sino que se sustituyen a sí mismos. Papá Noel es el simulacro perfecto: una figura que no representa a nadie real, pero cuya presencia es más poderosa que la de cualquier santo o profeta contemporáneo.

 

En términos de comunicación, Papá Noel no predica, seduce. No promete salvación, promete experiencia. Su mensaje no es teológico, sino emocional. Y eso explica su supremacía: en una era saturada de discursos, la emoción vende más que la verdad.

 

  1. El retorno del pesebre

 

Sin embargo, no todo está perdido. En medio del ruido comercial, persiste la posibilidad del silencio. En muchas comunidades cristianas —y también en hogares laicos— el pesebre vuelve a instalarse como símbolo de humanidad.

 

El nacimiento de Jesús, con su precariedad y su ternura, sigue recordándonos que el sentido profundo de la Navidad no está en lo que se compra, sino en lo que se comparte. El mensaje del Evangelio —“Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”— no se agota en los templos, sino que resuena en todo corazón que busca reconciliación.

 

El pesebre y Papá Noel no tienen por qué ser enemigos, si se los comprende simbólicamente. El primero representa la gracia; el segundo, la generosidad. El peligro surge cuando el símbolo se convierte en simulacro, cuando el mito pierde su alma.

 

Recuperar la Navidad no significa negar la fiesta, sino devolverle su sentido. Celebrar no solo lo que recibimos, sino lo que damos; no solo la magia, sino el misterio.

 

  1. Reflexión final: redimir el mito

 

Quizás el verdadero desafío de nuestra época no sea abolir el mito de Papá Noel, sino reconciliarlo con su origen espiritual. Hacer que el gesto comercial vuelva a ser gesto de amor, que el regalo recupere su sentido de don, no de transacción.

 

El mito puede ser un vehículo del espíritu si se lo despoja de su instrumentalización. Como todo símbolo, contiene una verdad escondida: la del deseo humano de bondad. En ese sentido, Papá Noel no es el enemigo del cristianismo, sino su caricatura; una imagen deformada que, sin embargo, todavía apunta al mismo centro: la esperanza de que el amor pueda encarnarse en el mundo.

 

Recuperar el sentido de la Navidad es, entonces, un acto de resistencia cultural. Es volver a mirar al niño en el pesebre y reconocer en su fragilidad la fuerza del espíritu. Es entender que la generosidad no se mide en dinero, sino en presencia; que la alegría no se compra, se comparte; y que el misterio de la vida no cabe en ningún paquete.

 

Papá Noel seguirá volando cada diciembre sobre los cielos del mundo, llevando su mensaje de consumo y ternura. Pero quizás, si aprendemos a mirar más allá de su barba y su saco rojo, podamos descubrir detrás de él al viejo obispo de Myra, que en silencio dejaba monedas de oro por las ventanas, recordando que dar es la forma más humana de creer.