El eco perdido de una verdad primordial

¿Un solo origen para todos los símbolos?

 

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha sentido la necesidad de narrarse a sí mismo el mundo. Lo ha hecho mediante símbolos, mitos, ritos y creencias. Pero cuando se estudian las culturas humanas a lo largo y ancho del planeta, en épocas y continentes alejados entre sí, emerge un patrón intrigante: una profunda similitud simbólica entre los relatos fundacionales, los arquetipos y los significados esenciales. ¿Cómo explicar esta recurrencia casi universal? ¿Existe un sustrato común que une a los mitos de Sumeria, Egipto, Mesoamérica, la India védica, el mundo aborigen y los antiguos pueblos nórdicos? ¿Y, más provocador aún, fue este conocimiento originario elaborado por el propio ser humano, o acaso le fue entregado por una inteligencia ajena a nuestra especie?

 

La unidad simbólica del mundo

 

Desde un enfoque masónico, que valora el símbolo como instrumento de acceso a la verdad velada, esta pregunta no solo es legítima, sino fundamental. La Masonería enseña que todos los símbolos verdaderos remiten a una sabiduría eterna, y que el Maestro no impone dogmas, sino que guía al iniciado a descubrir la verdad por sí mismo. En ese sentido, explorar el origen de los símbolos es indagar en los cimientos del templo de la humanidad.

 

Carl Gustav Jung, el célebre psiquiatra y simbologista, propuso la existencia de un inconsciente colectivo: una suerte de memoria compartida que trasciende lo individual y que se manifiesta en arquetipos universales. El anciano sabio, la madre tierra, el héroe solar, el diluvio purificador, el árbol de la vida o la serpiente como portadora de conocimiento, son algunos de los símbolos que aparecen, con variantes, en todas las culturas. “Estos patrones —afirma Jung— no son aprendidos; están en nosotros desde antes de nacer”.

 

Pero si el inconsciente colectivo existe, ¿de dónde proviene su contenido simbólico? ¿Es una construcción psicoevolutiva, como proponen algunos antropólogos como Claude Lévi-Strauss, o es el eco lejano de una experiencia fundacional primigenia, tal como sugieren los teólogos tradicionalistas como René Guénon y Frithjof Schuon?

 

La hipótesis de la Tradición Primordial

 

La filosofía perenne, defendida por Guénon, sostiene que todas las religiones, ritos y símbolos auténticos descienden de una revelación originaria, una Tradición Primordial (al-din al-hanif en el islam sufí), revelada a la humanidad en un pasado remoto. Esta tradición no era una religión en el sentido moderno, sino un saber sagrado que unificaba ciencia, metafísica, moral y cosmovisión. Para Guénon, el deterioro de las religiones tradicionales y la dispersión simbólica actual no son prueba de diversidad, sino de una degeneración cíclica de esa fuente original.

 

Desde esta perspectiva, la coincidencia entre el símbolo egipcio del ojo (Udjat), el tercer ojo hindú, el ojo que todo lo ve masónico y el ojo de Horus no es casual: es una misma visión, fragmentada por el paso de los milenios. En términos masónicos, podríamos decir que los escombros del templo destruido aún conservan las proporciones del templo original.

 

Mircea Eliade, destacado historiador de las religiones, sostiene que todos los mitos de creación, los calendarios sagrados, las jerarquías cósmicas y los ritos iniciáticos contienen reminiscencias de un tiempo primordial sagrado, al que las culturas intentan retornar simbólicamente.

 

Eliade lo llama “el eterno retorno”: el intento del hombre de religarse con un pasado sagrado que da sentido al presente profano.

 

La mirada antropológica y científica

 

Para los antropólogos evolucionistas, como Joseph Campbell o Terrence Deacon, la explicación de estas similitudes radica en la estructura común del cerebro humano, que al enfrentar entornos similares genera narrativas parecidas. Campbell, sin negar lo sagrado del mito, consideraba que todos los relatos de héroes —desde Gilgamesh hasta Jesús o Quetzalcóatl— reflejan etapas comunes de la experiencia humana: nacimiento, separación, prueba, muerte simbólica y renacimiento. Su obra El héroe de las mil caras traza estos paralelismos con rigor y admiración, sin necesidad de recurrir a lo sobrenatural.

 

Otros, como el genetista Jean Clottes, estudian las similitudes en las manifestaciones chamánicas y las pinturas rupestres paleolíticas (como las de Lascaux o Altamira), y concluyen que las prácticas espirituales más antiguas del Homo sapiens ya contenían estructuras simbólicas complejas, relacionadas con la muerte, la trascendencia y lo invisible.

 

Y sin embargo, la pregunta persiste: ¿cómo explicar que las pirámides se construyeran en culturas sin contacto conocido? ¿Por qué el símbolo del laberinto, del diluvio universal, del alma como ave o del dios solar crucificado, se repite en continentes separados por océanos?

 

¿Y si el origen no fue humano?

 

Aquí entra en juego una hipótesis incómoda, relegada a los márgenes de la ciencia, pero no por ello menos sugerente: la posibilidad de que parte del conocimiento simbólico haya sido entregado desde fuera de la humanidad. Autores como Zecharia Sitchin, Erich von Däniken o Jacques Vallée han planteado que ciertos mitos —los “dioses venidos del cielo”, los instructores civilizadores, los ángeles caídos, los portadores del fuego o del lenguaje— podrían reflejar contactos con entidades no humanas: extraterrestres, inteligencias extradimensionales o seres arquetípicos.

 

Desde la perspectiva masónica, esta hipótesis no se descarta, pero se aborda con cautela. El simbolismo tradicional enseña que todo lo que no se comprende se representa, y que el “descenso de los dioses” puede ser también un símbolo del descenso del Espíritu a la materia, o del Logos al mundo sensible. No obstante, ciertos misterios de la prehistoria —como la precisión astronómica de megalitos antiguos, los mapas imposibles o la cosmogonía matemática de culturas sin escritura— invitan a considerar que la humanidad pudo haber sido instruida en parte por otras inteligencias.

 

El propio Platón habla de una civilización anterior —Atlantis— portadora de saberes superiores. Y en la tradición masónica, el mito de Hiram Abif, el constructor que posee un conocimiento sagrado, muerto por profanos que querían obtener el secreto por la fuerza, refleja la pérdida de un conocimiento original y su transmisión velada a través de símbolos.

 

Reconstruir el Templo perdido

 

¿Tienen todas las creencias, mitos y símbolos un solo origen primitivo? La evidencia filosófica, teológica, simbólica y antropológica parece indicar que sí. La divergencia cultural sería entonces el eco fragmentado de una unidad perdida, un reflejo multiforme del mismo fuego central.

 

Si ese saber fue elaborado por el ser humano o entregado por otros seres —celestes, interiores o extradimensionales— es una pregunta que aún no puede responderse con certeza. Pero lo importante, desde el enfoque masónico, no es tanto el origen como el propósito: el símbolo no es una reliquia del pasado, sino una herramienta viva para la edificación interior.

 

Hoy, más que nunca, urge recuperar el lenguaje simbólico, pues como enseñaba Guénon, “el olvido del símbolo es el comienzo de la decadencia espiritual”. En una civilización que ha sustituido el mito por la mercancía y el rito por el algoritmo, recordar la Tradición es un acto de rebeldía, pero también de esperanza.

 

Porque quizás, en algún nivel profundo, todos compartimos una memoria sagrada, un templo invisible aún por reconstruir.