El amor divino, la religión y el secuestro del poder

“¿Y si no entendimos el mensaje?”

Dios es amor, nos dicen. Jesús predicó el perdón. Buda enseñó la compasión. Alá es misericordioso. Los Vedas hablan de unidad. El Tao fluye con armonía. Todos los grandes maestros espirituales hablaron, cada uno a su modo, el mismo lenguaje sagrado: el amor, la humildad, la empatía, la paz interior. Sin embargo, la historia de la humanidad está empapada de sangre derramada en nombre de esos mismos nombres. ¿Qué fue lo que no entendimos? ¿Y quiénes se beneficiaron de esa incomprensión?

 

El problema no es la espiritualidad, sino la instrumentalización del mensaje por parte del poder. Noam Chomsky afirma que

 

“el poder utiliza las ideologías como herramientas de control”

 

y la religión, en ese contexto, ha sido una de las más eficaces. No por lo que enseñó el profeta, sino por lo que el imperio entendió que podía hacer con su palabra. No fue Jesús quien pidió cruzadas, ni Mahoma quien mandó decapitar infieles en su nombre siglos después de muerto. Fueron los reyes, los emperadores, los califas, los conquistadores y los estados modernos, quienes convirtieron el símbolo en dogma, el amor en odio, y el credo en pretexto.

 

Como bien dijo el filósofo francés Michel Onfray:

 

“Las religiones no son violentas, pero las instituciones que nacen de ellas sí pueden serlo. No por la divinidad, sino por la política”.

 

La religión, cuando se vuelve estructura de poder, se transforma en ideología de dominio. Deja de ser búsqueda interior para volverse reglamento exterior. Pasa del corazón al imperio, de la oración al ejército, del silencio místico al grito de guerra.

 

El poder necesita un relato. Y la religión le ofrece el más poderoso de todos: el relato absoluto, sagrado, indiscutible. Lo que en el inicio era un camino de iluminación personal, fue transmutado en ley, en frontera, en exclusión. ¿Cuántas veces hemos oído que se mata “en nombre de Dios”? Esa frase es, en sí misma, una contradicción monstruosa. ¿Cómo puede el Creador, fuente del ser y de la vida, pedir muerte? ¿Cómo puede el amor incondicional inspirar genocidios, inquisiciones, terrorismo?

 

El teólogo Hans Küng escribió con lucidez:

 

“No habrá paz entre las naciones si no hay paz entre las religiones. Y no habrá paz entre las religiones si no volvemos al núcleo ético común: el respeto a la vida, el rechazo a la violencia, la compasión por el otro.”

 

Pero ese núcleo ha sido sistemáticamente ignorado. Porque la religión como espiritualidad no interesa al poder. El poder necesita sumisión, jerarquía, miedo. Y la espiritualidad verdadera libera, iguala, transforma.

 

Incluso los ateos más lúcidos han comprendido este fenómeno. Karl Marx, tan citado y tan mal entendido, no atacaba la espiritualidad, sino el uso político de la religión como “opio del pueblo”. No por desprecio, sino porque sabía que muchas veces se utilizaba para adormecer conciencias y perpetuar injusticias.

 

Hoy, en pleno siglo XXI, seguimos viendo guerras, odios y discriminación en nombre de supuestos mandatos divinos. ¿No es hora de preguntarnos si realmente entendimos el mensaje? ¿O si simplemente fuimos educados para obedecer un relato distorsionado?

 

El filósofo Krishnamurti lo dijo con brutal honestidad:

 

“La verdad es un territorio sin caminos.”

 

Pero el poder ha construido autopistas dogmáticas, peajes ideológicos, muros confesionales. Nos han convencido de que hay un solo camino verdadero y que todos los demás deben ser eliminados. No para glorificar a Dios, sino para fortalecer al César.

 

El mensaje de los grandes maestros —Jesús, Buda, Mahoma, Krishna, Moisés, Lao Tsé— no fue de conquista ni de control, sino de transformación interior. Hablaron a los corazones, no a los tronos. Fueron, en su tiempo, rebeldes espirituales, disidentes del sistema, cuestionadores del poder establecido. Lo que vino después, en muchos casos, fue una traición institucional a esa palabra viva.

 

Como masones, humanistas, creyentes o simplemente seres pensantes, debemos tener el valor de devolver la espiritualidad al individuo, lejos de los templos del poder. Separar la llama del amor de la maquinaria de control. Volver al símbolo, al silencio, a la experiencia directa. Recordar que la divinidad no se impone: se encuentra, se honra, se vive.

 

Y tal vez entonces, cuando la religión deje de ser arma y vuelva a ser puente, comprenderemos al fin lo que nos quisieron decir todos esos nombres santos: que el amor no se impone, se encarna.