Por más que la historia lo haya olvidado, toda gran tradición espiritual nace no solo de un dogma, sino de una experiencia transformadora: el contacto del alma con la divinidad, el misterio de la trascendencia haciéndose carne en lo humano. En el corazón del Islam, como una perla oculta en el fondo del océano, florece el sufismo, esa vía mística y esotérica que ha seducido a poetas, sabios, ascetas y buscadores de todos los tiempos. Un sendero, al igual que los misterios de Eleusis, que no se enseña: se transmite en silencio, se vive, y sobre todo, se revela.
El sufismo, el Islam interior
El tasawwuf, o sufismo, no es una herejía ni una escisión, sino la dimensión interna del Islam. Mientras la sharía (la ley) establece las normas del comportamiento exterior, el sufismo apunta al corazón del Corán. Como bien señaló el filósofo iraní Seyyed Hossein Nasr,
“el sufismo representa la médula espiritual del Islam, el camino que conduce de lo externo a lo interno, de lo ritual a lo esencial, de lo múltiple a lo Uno”.
Para los sufíes, Dios —Allah, el Único— no es una entidad distante, sino la Realidad Absoluta que reside en todas las cosas. El viaje del místico consiste en disolver el ego (nafs), pulir el corazón hasta convertirlo en espejo, y experimentar la unidad con lo divino. Como afirmaba Ibn Arabi, el gran místico andalusí:
“Aquel que se conoce a sí mismo, conoce a su Señor”
Esta sentencia, profunda y universal, resuena también en los muros de los templos masónicos: Nosce te ipsum, conócete a ti mismo.
El símbolo como vía de ascenso
El sufismo es un sistema simbólico de altísima riqueza. Nada en él es literal. Todo —el viaje, el desierto, la noche oscura, el vino, la danza— se convierte en una metáfora del alma buscando la fuente perdida. Jalal al-Din Rumi, el más célebre de los poetas sufíes, expresó esta visión en versos cargados de éxtasis:
“Más allá de las ideas del bien y del mal, hay un campo. Allí nos encontraremos”
Esta frase no solo encierra una poderosa declaración mística, sino también una verdad iniciática: la verdad última no se alcanza por la moral ni por la razón, sino por la vivencia de lo Uno.
La danza giróvaga de los derviches es un claro ejemplo de simbolismo en acción. El giro representa el movimiento del universo alrededor del centro. El sufí gira, con una mano hacia el cielo y otra hacia la tierra, como el Pontífice Hermético: canal de lo divino en lo humano. En el centro del círculo, el danzante desaparece: solo queda Dios.
Conexiones con la tradición masónica
Desde un enfoque masónico, el sufismo es una de las más elevadas expresiones del arte real de la transformación interior. Al igual que la Masonería, el sufismo trabaja con grados, ritos, símbolos, maestros y silencios. Ambos caminos requieren un guía, una iniciación, y un trabajo constante de perfeccionamiento. Y ambos están fundados en el principio de que la Luz no se recibe sin antes haber descendido a las sombras del ego y la ignorancia.
La cadena iniciática sufí (silsila), que une al discípulo con el Profeta a través de generaciones de maestros iluminados, es comparable a la transmisión de los misterios que custodian las logias iniciáticas. El sufismo y la Masonería reconocen que la verdad es una, pero los caminos son muchos, y que el símbolo es la herramienta del alma para comprender lo incomprensible.
Los sufíes no pretenden destruir el velo: lo acarician hasta que revela su transparencia. En palabras del sabio Al-Ghazali:
“No todo lo verdadero puede decirse, y no todo lo que se dice es verdadero”.
Este principio, profundamente iniciático, nos recuerda que el silencio es una forma de sabiduría, y que la palabra, cuando es revelada, debe estar envuelta en el velo del símbolo.
La muerte del ego: renacer en la Verdad
El viaje del sufí, al igual que el del iniciado masón, pasa por estaciones (maqamat) que implican purificación, renuncia, iluminación y, finalmente, fana’, la disolución del yo. Este proceso no es conceptual ni intelectual, sino vivencial. La destrucción del ego no significa aniquilación, sino transformación. El yo inferior muere, y en su lugar, surge el hombre verdadero, aquel que refleja en su interior la luz divina. En lenguaje masónico: de la piedra bruta surge la piedra cúbica.
Erich Fromm, aunque ajeno a la tradición islámica, comprendió este principio al afirmar que “el hombre moderno ha olvidado el arte de morir para poder vivir”. El sufí, como el iniciado, no teme a la muerte, porque muere cada día al ego para nacer al Espíritu.
Un camino universal y oculto
Hoy más que nunca, en un mundo de ruido, fragmentación y consumo vacío, el mensaje del sufismo resuena con fuerza entre quienes buscan sentido. Su sabiduría, sin ser proselitista, atraviesa religiones, culturas y fronteras. No busca imponer verdades, sino despertar al buscador. Y en ese sentido, su resonancia con los valores de la Masonería es profunda: libertad interior, trabajo constante, tolerancia, y la creencia en un principio superior que da sentido a la existencia.
La Masonería reconoce que todas las grandes tradiciones esotéricas comparten un lenguaje simbólico común. Por eso, el sufismo —con su danza silenciosa, su poesía extática y su ética del amor— es hermano en el arte de la construcción del Templo interior.
Conclusión: el retorno a la Unidad
El sufismo no es una moda ni una poesía exótica. Es, como los antiguos misterios, una vía de retorno a la Unidad. Una ciencia del alma que, como la Masonería, enseña a través del símbolo, del rito y del silencio. En tiempos donde reina la confusión, el ejemplo de los sufíes nos recuerda que solo con humildad, trabajo y amor puede el ser humano acercarse a la Verdad. Como enseñan tanto el Corán como los antiguos rituales iniciáticos:
“Quien se conoce a sí mismo, conoce al Señor”
Y ese es, acaso, el único camino que verdaderamente libera






