El eco de la Gran Madre: mito, símbolo y vestigios de un pasado matriarcal
“En los comienzos, fue la mujer. La tierra era su espejo. Y la vida, su misterio”
Desde la noche de los tiempos, la humanidad ha intentado mirar hacia sus orígenes no sólo con los ojos del historiador, sino con el alma del iniciado. En esa búsqueda profunda, en la que convergen la filosofía, la simbología y la antropología, emerge un enigma fascinante: ¿existió una antigua civilización matriarcal? ¿O es acaso este relato un mito moderno, nacido del anhelo de equilibrio en un mundo dominado por estructuras patriarcales? Esta pregunta, lejos de ser banal, apunta al centro del debate sobre los fundamentos ocultos de la civilización.
Desde una perspectiva masónica —donde el símbolo es lenguaje, la tradición es camino, y la luz es búsqueda— no podemos sino detenernos ante esta interrogante, que toca las fibras mismas del Templo interior: el principio femenino como origen de toda creación.
Símbolo universal del principio generador
En la tradición iniciática, el principio femenino no es meramente biológico o social, sino arquetípico. El símbolo de la Gran Madre, presente en prácticamente todas las culturas antiguas, representa el origen, la fecundidad, el misterio y la muerte, los cuatro pilares del ciclo vital.
Desde las estatuillas paleolíticas como la Venus de Willendorf, pasando por Isis en Egipto, Inanna en Sumeria, Cibeles en Anatolia, Deméter en Grecia, hasta Tonantzin en Mesoamérica o Amaterasu en Japón, el culto a lo femenino como principio cósmico fue universal y central. Estas deidades femeninas no eran meras “diosas menores” subordinadas a lo masculino, sino figuras omnipotentes, creadoras y regidoras de los ciclos del mundo.
La masonería, en su tradición simbólica, no niega esta verdad: el compás y la escuadra, el principio activo y el receptivo, se unen en el corazón del iniciado. Sin lo femenino, no hay piedra que pueda ser tallada, ni templo que pueda ser erigido.
¿Existió una civilización matriarcal?
Esta es una de las grandes preguntas que dividen a antropólogos e historiadores. Desde el enfoque académico, existen dos posturas:
La tesis afirmativa: el matriarcado como realidad originaria
Autores como Marija Gimbutas, arqueóloga lituana y especialista en culturas preindoeuropeas, argumenta que antes del avance de los pueblos indoeuropeos, existieron sociedades basadas en el culto a la Diosa Madre, no violentas, agrícolas, con una organización social centrada en la cooperación, lo femenino y la ciclicidad de la naturaleza.
En su obra “El lenguaje de la Diosa”, Gimbutas plantea que Europa, entre el 7000 y el 3000 a.C., fue hogar de culturas matricéntricas que fueron lentamente suprimidas y sustituidas por estructuras patriarcales guerreras, portadoras del dios masculino, del rayo y la espada.
Su visión fue criticada por algunos sectores académicos por su aparente falta de rigor en ciertas interpretaciones, pero fue también adoptada y desarrollada por filósofos como Joseph Campbell y psicoanalistas como Erich Neumann, quien en “La Gran Madre”, analizó cómo el inconsciente colectivo humano se estructuró en torno a símbolos maternos.
La postura escéptica: el matriarcado como mito moderno
Por otro lado, antropólogos como Cynthia Eller, en su obra “El mito del matriarcado”, sostienen que no hay pruebas concluyentes de una civilización efectivamente matriarcal en el sentido social y político. Considera que la idea responde más a una necesidad ideológica contemporánea que a un hecho arqueológico.
Pero desde la perspectiva simbólica y masónica, lo que importa no es sólo la literalidad histórica, sino el valor arquetípico de la idea: la evocación de un orden perdido, más armónico y equitativo, donde lo femenino no era negado ni subordinado.
El patriarcado como ruptura simbólica
El paso de una sociedad centrada en lo femenino a otra regida por lo masculino puede ser interpretado, simbólicamente, como la caída del alma en el mundo material. En muchas tradiciones esotéricas, lo femenino representa la totalidad, la unidad indiferenciada, el seno cósmico. El patriarcado trajo consigo la fragmentación, la ley externa, la jerarquía impuesta desde fuera, el dominio de la razón sobre el misterio.
El dios guerrero reemplazó a la diosa fértil. La espada ocupó el lugar de la espiga. El templo cuadrado del poder suplantó al círculo sagrado de la vida.
Para la tradición masónica, que busca reconciliar los opuestos en el corazón del iniciado, esta ruptura debe ser sanada. La sabiduría no es masculina ni femenina: es la síntesis del Sol y la Luna, del activo y el receptivo, del verbo y el silencio.
El principio femenino en la masonería
Aunque la masonería histórica se desarrolló en contextos patriarcales, el principio femenino está presente en su simbolismo más profundo. La luz, que el iniciado busca, es un símbolo tradicionalmente asociado a lo femenino en múltiples tradiciones: es la Sophia gnóstica, la Shekhiná hebrea, la Luz de Isis en Egipto.
La logia misma es una matriz simbólica, un vientre iniciático donde el alma del profano muere y renace. El compás y la escuadra, al cerrarse, dibujan el símbolo del triángulo invertido, emblema ancestral de la mujer como vaso receptor del espíritu. El iniciado no asciende en grados por conquista, sino por integración y armonía interior. En ese sentido, cada grado es una reconciliación con la Diosa, una reactivación de lo femenino sagrado.
Conclusión: la Gran Madre no ha muerto, solo duerme
La pregunta sobre la existencia de un matriarcado originario no puede responderse sólo con datos arqueológicos. Es también una pregunta filosófica, simbólica y espiritual. Y desde esa perspectiva, Eleusis, Creta, Anatolia y tantas otras tierras sagradas nos hablan de un tiempo en que el mundo no era dividido, sino cíclico; en que el poder no era dominación, sino fecundación; en que la sabiduría no gritaba, sino que susurraba desde el útero de la tierra.
Desde el enfoque masónico, el trabajo iniciático es un retorno al origen. Y en ese origen, más allá de las disputas de género o poder, está la Gran Madre: principio generador, mediadora entre lo visible y lo invisible, símbolo eterno de la unidad perdida.
Porque solo quien ha comprendido el misterio de lo femenino puede empuñar la verdadera luz. Y solo quien ha abrazado el símbolo de la Madre puede ser hijo del Verbo.







